- Disculpe – le dice al taxista en un coreano perfecto- ¿estamos cerca de la dirección?
El taxista la mira sorprendido por el retrovisor. No esperaba tal fluidez de una extranjera, pero no le dice nada.
- A unas pocas cuadras. ¿quiere que la deje aquí?
- Por favor.
El taxista se detiene en una esquina de la calle de Garusugil en el sector de Sinsadong. Diana desciende del taxi y se estira para liberar el estrés. Lleva un jean y una camisa blanca sencilla, su cabello castaño oscuro está atado en una coleta y aparte de su bolso de cuero, lleva en el maletero todo su equipaje y los sueños de una nueva vida. Mira en redondo, la calle está atestada de tiendas de ropa y cafeterías una detrás de otra, en hileras. A su alrededor sólo pasan personas de traje oscuro y ojos rasgados caminando con aire cansado hacia sus casas y mujeres en mini falda riéndose y tapándose la boca con sus delgadas manos. El taxista abre el maletero y baja el equipaje. Diana abre su cartera, saca ocho billetes de 10000 won y se los entrega.
- Que tenga un buen viaje – le dice el taxista y le devuelve el cambio. Diana observa el dinero en su mano por instante, como si buscara en él, algo que parece pasar por alto. Él taxi arranca y en ese instante, ella lo recuerda: ¿cómo llego a esta dirección? Pero es demasiado tarde, el taxi ya ha desaparecido de su vista.
Diana suspira y da una vuelta completa a su alrededor intentando ubicarse dentro de la gran urbe. En frente suyo hay una pequeña callecita limitada por un pequeño restaurante de comida coreana y un almacén de ropa. A su izquierda y derecha un espacioso andén y detrás suyo una gran avenida.
Saca el celular de su bolsillo y revisa la dirección de su nueva casa. Mira a un lado y después al otro. Preocupada, se muerde el labio inferior. No lo queda otra opción más que caminar por entre las calles hasta encontrarla. Resignada, agarra su maleta pero está tan pensada que la deja caer de inmediato. Frente a ella la noche parece pasar más lentamente y la callejuela, de alguna manera, se torna más infinita. Intenta sacar la manija de la maleta pero es inútil. Está atascado. “¡Mierda!” Dice. Se agacha un poco he intenta halarla unas cuantas veces. Inútil. De repente, unas botas militares aparecen de la nada, primero una y después la otra. Se asusta. ¿Será la policía? Sube la mirada lentamente. Un jean gris oscuro y una camisilla del mismo color debajo de un grueso gabán azul oscuro. ¿Y después? Un rostro. Un rostro como los ángeles. Tan cerca, tan cerca de ella. Traga saliva con pesadez. Unos ojos almendrados, grandes y negros como la tinta china chocan contra los suyos.
Por un momento olvida respirar y en ese instante sólo lo contempla a él que la mira fijamente con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo. Su corazón late con fuerza y sus mejillas se tornan cálidas. Se aparta y se alejan. El chico saca lentamente su mano derecha del bolsillo y señala la maleta.
- parece pesado ¿necesitas ayuda? Su voz es gruesa y fuerte. Confiada. Diana se paraliza y carraspea un poco la garganta para aclarar su voz.
- ¡Qué va! Si lo que esto necesita es sólo un poco de fuerza – le dice intentando sacar de nuevo el arnés con todas sus fuerzas pero queda totalmente en ridículo.
- Si sigues así dañarás la maleta y te lastimarás las manos.
Diana se detiene y se observa las manos las cuales ya comienzan a enrojecer. Él se agacha y examina un poco la maleta por ambos lados.
- No está rota. Parece que algo dentro la atascó.
- ¿tengo que sacar las cosas?
- No creo que sea necesario El chico se levanta y agarrando el arnés con fuerza, lo saca de un tirón. Diana lo mira sorprendida.
- ¡vaya! ¡muchas gracias! Me has salvado de llevar cargando esta cosa por todo corea.
- No es nada.
Pero antes de que él continuara su camino, Diana recuerda algo y lo detiene.
- ¡espere! – Él regresa su mirada. Diana se pone nerviosa – pues… ya que me has ayudado con esto de la maleta y como que hemos intimado más… ¿podrías ayudarme con esta dirección?
El chico se acerca y la analiza. Vuelve su mirada hacia ella pero Diana, con su cuerpo erizado, desvía la suya. El chico no dice nada, y en cambio, empuja la maleta un poco hacia atrás y se adentra en el callecilla. Diana lo sigue de inmediato.
- ¿va a acompañarme?
- Si le digo por dónde ir, tal vez se pierda. Sólo recuerde bien por dónde vamos.
En el camino, y de vez en cuando, Diana se vuelve hacia él intentando consumir aquél corto instante. Lo mira en detalle. Es un hombre joven, tal vez unos veinte años, es alto y esbelto, con una mirada profunda y un perfil bien tallado. Su cabello es de un tono rojizo con un corte profesional y su apariencia es similar a un modelo de revista. Diana lo imagina con su cabello tirado hacia atrás, un traje pret a porter y una bella rubia a su lado. Si, definitivamente es de ese estilo. Y también posee un aura irreal, porque su belleza traspasa el límite de la irrealidad. Pero todo es real, él lleva su maleta y ella camina a su lado por una calle que huele a kimchi y a soju.
- ¿recuerda la ruta? – le dice él con la mirada fija en el camino
- ¿eh?... - Diana estaba tan concentrada observándolo que ha olvidado recordar el camino - ¡ah!... claro, claro. ¡pero si no es tan difícil! – miente avergonzada.
Siguen caminando unos minutos más. Bordean algunos restaurantes, siguen derecho por otras tantas tiendas de ropa. Al poco tiempo, se detienen frente a un edificio blanco de siete plantas justo al final del camino. El edificio no parece antiguo, pero luce bastante viejo y desgastado como un hombre joven golpeado por la vida. La planta baja es un parqueadero abierto abarrotado de carros y bicicletas de todo tipo y tamaño. Tras franquear la puerta metálica de la entrada, entran a un pequeño y oscuro recibidor. Algunas macetas con frondosas plantas reposan en las esquinas y las paredes ya están descoloridas. El recibidor da la impresión de estar abandonado desde hace mucho tiempo. Sobre la barra yacen acumulados unos periódicos viejos y partes de bicicletas. Lo único que no luce desgastado son las escaleras ubicadas al fondo. El piso parece ser brillado con frecuencia y los pasamanos están limpios. El chico avanza y sube las escaleras sin ningún esfuerzo. Uno, dos… cuatro… siete pisos. En su frente no hay señales de sudor y su respiración no se escucha acelerada. Deja la maleta en el suelo.
- ¿Cuál es el número?
Diana revisa su celular.
- 701
El chico agarra de nuevo el equipaje y se detiene justo en un departamento frente a la escalera. En el piso siete sólo hay dos departamentos, uno al lado del otro como gemelos. Ella digita la clave en la door lock de la entrada. La puerta se abre con un pitido de comprobación. El chico entra y la deja en el recibidor.
- Muchas gracias – le dice de nuevo – perdóneme por hacerle caminar hasta aquí.
- No es nada – repite él. – los fideos de la esquina son buenos, por si te apetece comer.
- ¿ah, si? Quizá en otra ocasión, he tomado un taxi y sólo me he quedado con 2000 won. ¿sabes de alguna casa de cambio cercana?
- Caminas derecho dos cuadras y volteas a la izquierda, al lado de una pequeña tienda, encuentras uno
- Gracias – le dice ella - ¿Quieres algo de tomar?
- No gracias. Tengo que irme.
Y el chico sale y la roza un poco. Siente su aroma, un aroma a lluvia y limón.
- Buenas noches - Y se va corriendo por las escaleras.
Diana sonríe. “Ah... ¿Cuál era su nombre?... No lo sé. Mierda”.
El departamento es sencillo y cómodo. En la entrada, hay un pequeño espacio para guardar los zapatos tal y como muestran en las películas. El piso es de madera y las paredes son delgadas. Desde la entrada se sigue por un pequeño corredor que desemboca en una pequeña sala. Al lado izquierdo hay otro corredor, con un cuarto de un lado y el baño del otro. A la derecha se encuentra la cocina separada de la sala por un mesón de madera. Diana abre las cortinas. La luz de las farolas iluminan el departamento y se da cuenta que no tiene tan mal paisaje. Los techos y azoteas de las casitas de Seúl parecen pequeños retazos de cemento iluminados por las luces de la ciudad. Del armario saca algunos ibul y los extiende en medio de la sala. Mira hacia el techo. La sombra de los carros que pasan opaca la luz de la calle. Diana agarra su celular y lo prende. No hay llamadas perdidas. Siente un vacío en su corazón ¿por qué no la ha llamado? Y luego empiezan aquellas suposiciones que se hacen cuando algo va mal y ella imagina que a lo mejor está ocupado y ha olvidado su viaje o que se ha quedado dormido esperándola. Mientras da vuelta a todos estos pensamientos, busca en el directorio de contactos hasta encontrar su nombre: “Miguel” Ella lo lee y lo relee, separando en su mente cada una de las letras mientras su pulgar juega entre llamarlo y no. Pero al final, se rinde y apaga su celular. ¿Desde cuándo ha sido así de temerosa? Diana, la mujer resuelta y segura de sí misma, la de las ideas locas y de decisiones arriesgadas ¡ha tenido miedo de hundir un solo botón! Avergonzada de sí misma, arroja su celular a un lado y se mete dentro de las cobijas. De repente, viene a su mente la imagen de aquél chico guapo. Sus ojos negros como el carbón, su mirada profunda y fría como un lago congelado, su espalda ancha y su piel perfecta, como él. Recuerda su aroma de lluvia y limón. Un aroma que no puede ser imitado porque está perfumado de sí mismo. El chico que huele a primavera. Sonríe. Y en medio de sus pensamientos, Diana se queda dormida.
NOTAS DE LA AUTORA: Hola! espero que hayan disfrutado de la primera parte de esta historia, la cual, es bastante planeada jejeje La trama está basada principalmente en una sucesión de sueños que tuve hace mucho tiempo y que me gustaría plasmarla en este blog. Espero que se hayan interesado y continúen seguir leyendo esta historia.

Hola! tu historia me intrigado mucho, el blog está genial y las canciones muy buenas. :)
ResponderEliminarSaludos desde México.