sábado, 31 de mayo de 2014

LA AZOTEA

- ¿Miguel? – Diana no puede creer todas las sorpresas que ha tenido en el día. Primero el casero, su trabajo, el robo, la estación de policía y ahora… - ¿que hacés aquí?
- Vine a verte. Me voy en unas cuantas horas. ¿podemos hablar?
 - Hablá.
 - ¿Qué tal si entramos a tu departamento?
- No hace falta Miguel. Estoy cansada y si lo que me tenés que decir es corto, bienvenido sea.
 - ¿estás enojada conmigo porque me fui el otro día?
 - Estoy enojada contigo porque siento que ya no te importo. Porque siento que soy el amante de nuestra relación.
 - ¡¿qué estás diciendo?!
- Estoy diciendo que… siento que ya no me amas.

 Silencio. Un silencio capaz de consumir almas. Diana aguanta las ganas de llorar, abre bien los ojos y trata de no parpadear para evitar derramar cualquier lágrima. Miguel da un gran suspiro y se agarra la cabeza con las manos.

 - ¿eso crees?
 - Lo creo. Ya no eres el mismo de antes. Vine aquí porque estaba preocupada por ti, porque ya no me llamabas. Al principio pensé que estabas ocupado y traté de entenderte pero ahora… siento que aunque estemos juntos, estás cada vez más lejos de mí.

 Miguel sostiene a Diana por los hombros y la mira fijamente.

 - Vos lo que estás es confundida. Es el estrés que te tiene así. Yo… no voy a aceptar que estás terminando conmigo. Iré a China y espero que pienses mejor las cosas, si es que quieres tirar todo lo nuestro a la basura.
 - Sólo dime algo. Tú… ¿tienes una relación con alguien?

De nuevo el silencio. Miguel la mira a los ojos y endurece la mirada.

 - Mierda, Diana ¿Por qué piensas eso?
 - ¿Entonces por qué has tardado en responder?
 - Sólo he tonteado un poco. No nos hemos visto por dos años pero no ha sido nada grave. Nada que te pueda hacer daño.
 - Pues yo no he tonteado con nadie. Porque te respeto y esa es la manera de no hacer daño a una persona.

 Miguel endurece más su mirada. Algo oculta y Diana lo sabe.

 - Yo estoy aquí, contigo. No hay nadie más. ¿Cómo hago para que me creas?
 - Listo. No pasa nada. Si no te vas pronto, vas a perder el vuelo.

 Diana siente su corazón derretirse poco a poco como una vela. No lo mira a los ojos, porque si lo hace, romperá en llanto. Sólo trata de detallar una pequeña envoltura de quién sabe qué tirada en el suelo. Sus líneas amarillas, las letras curvas, el fondo metálico del interior, unas frutas en las esquinas… Miguel la abraza pero ella sigue detallando aquél diminuto papel. Las líneas amarillas. “No me dejes” le dice Miguel. Las letras curvas. “Lo siento”. El fondo metálico del interior. “¿me esperarás?”. Unas frutas en las esquinas. Miguel deja de abrazarla y se despide. El corredor de pronto se vuelve más angosto y oscuro. Los pasos de Miguel bajando las escaleras retumban como el sonido de un tambor. Su visión se torna borrosa de repente ¿Qué pasa? Ya no distingo las líneas amarillas, ni las letras curvas…

 Aún en el corredor, Diana se quita los zapatos ¿Cómo puede alguien llegar en tales condiciones a una casa? ¿Con los pies heridos, el corazón apachurrado, el cuerpo agotado y los ojos hinchados? Sin embargo, Diana no entra a su casa, no quiere sentirse sola de nuevo. Se sienta en las escaleras al frente de su apartamento y saca el celular de la bolsa. Mi madre, mi mejor amiga en Colombia… no, no quiero preocuparlos; Yuri… Marca el número pero ella no contesta. Apaga el teléfono y respira profundo. Sin embargo, algo llama su atención. A un lado, en un corredor oscuro y alejado del piso hay unas escaleras. Llevada por la curiosidad se acerca, sube cada peldaño y abre una puerta metálica. Una oleada de aire gélido le congela el cuerpo. Es la azotea del edificio: una plancha sencilla sin muros a los lados. Sin embargo, en el medio, hay una carpa roja de lona decorada con pequeñas luces amarillas. Debajo de ella, una mesa hermosamente tallada en madera y algunas sillas de sol con algunas mantas. Diana se acerca con cuidado de no estropear nada. La mesa parece de buena calidad, las patas están talladas con hermosas flores que aumentan hacia la base; en la parte superior, hay un castillo antiguo coreano en medio de un lago con un hermoso jardín. ¡Es una obra de arte! ¿Quién pudo haber hecho algo así? Diana palpa la mesa y en su corazón una nueva llama comienza a encenderse. Hay algo en aquella mesa que le produce una calidez y una alegría extrema.

 Ella se sienta en el filo del edificio. No le tiene miedo a las alturas. La sensación de vértigo no es nada comparado con el vértigo de su alma. Desde allí y a lo lejos, la torre Namsan se yergue imponente sobre la montaña. Malos recuerdos que mejor quiere evitar.

 - ¡Estúpido idiota! Quédate en China, no regreses más. ¡Hijo de puta! – grita Diana con todas sus fuerzas.
 - ¡vaya invasión me he encontrado aquí!

 Diana se sorprende y se gira. ¡Qué vergüenza! Delante de ella está Woo Jin con una lata de coca cola en una mano y una bolsa de plástico con víveres en la otra. Viste unos pantalones negros de marca y una camisa azul metálico con las mangas dobladas de manera que permiten ver unos antebrazos musculosos. Woo Jin se sienta a su lado despreocupado, como si fueran amigos de toda la vida. Bebe su coca cola mirando hacia el horizonte. Su perfil perfecto parece flotar en la oscuridad de la noche. Las luces amarillas de la carpa acentúan su quijada dándole a su rostro un aire más dramático e iluminan algunos de sus cabellos rebeldes.

 - ¿qué haces aquí? – le dice Diana de repente tratando de centrarse en la realidad.
 - Esa pregunta debería hacértela yo ¿no crees?
 - Ya me voy – dice Diana y empieza a levantarse pero Woo Jin coge su mano, esta vez con dulzura. Diana siente un estremecimiento repentino, absurdo y esta sensación la hace ceder un poco y regresa a su puesto.
 - ¿por qué eres así tan temperamental? Continúa con lo que estabas haciendo. Sólo por hoy voy a dejar que grites como loca a todo Corea.
 - No estoy loca y ya grité lo que tenía que gritar.

 Woo Jin la observa de reojo y recuerda la determinación de aquella mujer, llena de fortaleza y sin pelos en la lengua. Seguramente es de esas que sólo aman a un hombre, desde ahora y para siempre.

 - ¿Es este tu lugar secreto? – le pregunta ella
- Bingo. Pero ya no es secreto porque ya entraste aquí. Ahora eres una invasora oficial.
 - Lo siento mucho. No lo sabía.
 - No tenías por qué saberlo. Este edificio está plagado de ancianos que no se les ocurriría nunca subir aquí. Así que creé este espacio para mí.
 - Es acogedor.
 - ¿eso piensas?
 - Si

 Woo Jin sonríe complacido. Qué hombre. Tiene una sonrisa preciosa, dulce, un poco erótica. Qué lástima que sea tan raro.

 - ¿por qué de repente me tratas tan bien?
 - ¿por qué de repente me hablas cordialmente?

 Diana sonríe. No le importa, en este momento valora su compañía.

 - ¿quieres una coca? – le pregunta a Diana extendiéndole una lata llena.
 - Gracias – le dice ella. La destapa, bebe un sorbo, siente que la hemorragia de su corazón comienza a detenerse. Como siempre, Woo Jin ha venido de repente y sin previo aviso, como aquél aire gélido de la terraza y la ha consolado de alguna manera - ¡Eres un idiota, enano mentiroso! – grita de repente hacia la nada.

Diana suspira. Está contenta. Woo Jin la mira y suelta una carcajada que provoca un temblor en el aire. Diana lo detalla un instante y de repente, el fondo de la ciudad comienza a difuminarse poco a poco, las casas, el cielo nocturno, la torre namsan; todo parece estar cubierto por una delgada nube y lo único que se mantiene nítido es él, como si no hubiera nada más hermoso alrededor. Realmente, como dijo él, ¿estaré volviéndome loca?

 - Me has inspirado – le dice Woo Jin – la próxima vez que quiera gritar vendré aquí y haré lo mismo que tú. - Si ese es el caso, creo que vendrá la policía y nos hará desalojar el edificio por destruir la paz pública.
 - Si eso pasa. Diré que todo es tu culpa.
 - Lo creo. Tú serías capaz de hacer eso.

 De repente, el viento comienza a helar aún más y un escalofrío recorre todo su cuerpo. Estornuda. Diana se levanta y se frota los brazos con las manos.

 - Voy a entrar ahora. No quiero pescar un resfriado.
 - Como quieras.

 Diana se dirige a la salida pero antes de salir se detiene y lo mira de nuevo.

 - Oye Woo Jin.

 Él se gira hacia ella.

 - Lo siento por el otro día. Debiste pasar por muchos malos momentos por mi culpa.
 - ¡Bingo!, pero estás perdonada. Sin embargo todavía me pareces un poco irritante y gritona.

 Vaya… ahí está de nuevo con su actitud fría, distante, superior. En serio hay hombres como él que tiran a la basura los buenos momentos.

 - De todos modos. Gracias por la soda. Diana regresa a su casa y mira su mano. Aún después de varios minutos afuera, la sensación de aquél hombre y la imagen de su mirada penetrante y su sonrisa, se conservan intactas. Los detalles no los recuerda, en su mente sólo queda la pintura de ellos dos, en medio de la noche, bajo la luz de las pequeñas lucecitas, en la azotea.

 “Kang Woo Jin… ¿quién es él realmente?”

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