El domingo por la mañana, Diana está ocupada. Escucha los viejos discos de Héctor Lavoe porque es inevitable no sentir un poco de nostalgia por su país. Y baila y canta mientras limpia su casa. También espera el carro de las entregas que trae el resto de su equipaje. Su celular no ha sonado en toda la semana. No hay rastro de Miguel, pero ya no le importa. Como dijo Carlos Santana “cuanto más nos aferramos a querer seguir viviendo en el pasado, menos vivimos nuestro presente”. Y así quiere vivir ella, sin tener nada del pasado a lo que aferrarse. Si Miguel quiere luchar por ella tiene que correr en su presente. Se detiene luego frente a la puerta. Todo está reluciente, impecable. Ni una mota de polvo. Y en ese momento, recuerda algo importante: pagar el alquiler. Se golpea la frente con la palma de su mano. ¡Desde que llegó no ha visitado al casero y también se ha retrasado! Diana corre al cuarto y abre el armario, revuelve cuanta cosa pasa por delante y encuentra un pequeño sobre con dinero. Revisa el número de apartamento del casero. 702. No puede ser.
Diana sale rápidamente y se detiene en el departamento del lado. Su mano tiembla un poco de la vergüenza antes de tocar. Juega con el sobre, detallándolo un poco, aunque no haya mucho que detallar. Repasa en su mente algunas disculpas pero no se le ocurre nada. La puerta se abre momentos después. Diana levanta la mirada. En frente suyo hay un chico rascándose su cabello vino tinto oscuro con una camisa blanca estilo esqueleto y un pantalón de pijama a rayas. Apoya su cuerpo en el umbral de la puerta y la observa adormilado y sin sorpresa alguna en su rostro. Caso contrario de Diana que lo queda mirando con sus ojos tan abiertos como platos.
- Good morning coffee girl – la saluda con su voz adormilada, cálida, sensual y maliciosa.
- ¿otra vez tú? ¿me estás siguiendo? – se le escapa y luego se calla ante su imprudencia. Pero a él no parece molestarle.
- ¿seguirte? – le dijo con una voz lenta y despreocupada - ¿por qué iba a seguirte?
Diana no le responde. Se queda muda delante de él pensando que cada vez que se lo encuentra su vida se torna en un absurdo absoluto. ¿Cómo es él capaz de crear situaciones tan irreales? Diana lo detalla un instante. Su cabeza está recostada contra el marco de la puerta y sus ojos se mantienen cerrados a punto de caer en un sueño REM. Ella mira la hora, 1:47 de la tarde. Es un perfecto holgazán. Pero aún en pijama se ve guapo. Su camisilla deja ver un torso bien definido y trabajado. Sus brazos fuertes, su piel blanca y sus pestañas largas y negras como sus ojos. La mente de Diana comienza a perderse ante aquél cuadro hasta que cae en cuenta y despabila. No. No. No. No es posible encontrarse con alguien tantas veces. Aún si vivieran cerca, las posibilidades de que fuera mi vecino son escasas. En todo caso, si sabía desde el primer día que vivo aquí…
- ¿por qué no me dijiste que vivías aquí?
- si te lo hubiera dicho, me habrías visitado todos los días.
- ¡vaya! Así que eres uno de esos tarados.
El chico sonríe y todo se detiene por un instante. Unos pequeños surcos a lado y lado de sus labios, decoran sus dientes blancos y perfectos y sus ojos rasgados se empequeñecen hasta formar dos líneas negras y curvas. De repente, y en una pequeñísima fracción de tiempo, su rostro triste y luminoso pareció esparcir luz a su alrededor, acelerando su corazón. ¡Contrólate! No puedes dejarte engañar por el físico, las flores más vistosas son las más peligrosas. Él no puede ser mi casero, debe haber un error. Diana revisa los documentos del apartamento que llevó por si faltaba algo.
- Lo siento, creo que me equivoqué ¿sabes dónde vive el casero?
- Yo soy el casero – le dijo
Diana se ríe divertida. Piensa que es una broma.
- Estás bromeando
- ¿me veo de broma?
El rostro serio del chico la hace poner seria también ¿estará hablando en serio? A lo mejor sólo le ayuda a su padre.
– Está bien, entiendo. ¿puedes llamar a tu padre por favor?
– Vivo solo
– ¿vives solo? ¿y eres el casero? Pareces muy joven...
- ¿vas a pagar? Estoy cansado.
- Te pago cuando me enseñes tu identificación.
- ¿qué?
- Lo siento, pero tengo que asegurarme que no eres un estafador o algo así.
Ella encuentra los datos del arrendador “Kang Woo Jin, 701”. El chico la mira y pierde la cabeza. Pero no dice nada, sólo entra y sale con su identificación en la mano. Ella lo toma. No puede creer que en una foto donde todo el mundo queda mal, él luce como en un retrato de modelaje. Pero no hay nada raro. El nombre es el mismo.
- Kang Woo Jin… - Diana mira su fecha de nacimiento y lee en voz alta – veintitrés años
Él suspira exasperado y le arrebata la identificación de las manos
- ¿eres policía? ¿tanto interés tienes sobre mí? Porque no más bien, salimos los dos juntos esta noche y respondo en privado todas tus preguntas.
¡Qué chico tan arrogante! Piensa Diana mientras extiende el sobre con el dinero.
- Si me llego a enterar de que eres un fraude, te la verás con la policía – le amenaza
- Qué lástima, tan joven y pareces una vieja.
La luz pronto se convierte en un fango lleno de mierda y Diana regresa a su casa enfadada.
Ya anocheciendo, Diana queda con su equipo de trabajo en la sucursal de la franquicia en sinsadong garosugil. Es una pequeña casa de dos pisos con mesas y sillas de madera de color negro, rojo y blanco. En el primer piso, todo es muy tranquilo, un recibidor de roble pintado de rojo y unos mostradores con toda clase de pan y postres. El segundo piso está decorado con flores, cuadros pop-art y al fondo, otro recibidor de roble sin pintar. Yuri la espera sentada en el segundo piso. Lleva un vestido de flores y su cabello corto recogido en una diminuta colita. Ella mira la pantalla de su celular, una leve sonrisa casi contenida le ilumina el rostro. La sonrisa del amor, de los sueños. Es curioso lo sencillo que resulta identificarla de las demás sonrisas. Diana se acerca, está informal, pero guapísima. Lleva un vestido blanco por encima de las rodillas, una pequeña correa en su cintura y el cabello trenzado.
- ¿por qué tan feliz? - le saluda Diana con picardía.
Yuri sonríe y se queda mirando la pantalla de su móvil.
- Es mi novio – le dice y le enseña la imagen de inicio. Un chico con el rostro tierno y ojos grandes y brillantes mira hacia un lado desprevenido mientras sostiene un zumo.
- ¡Qué Cute!
- Lo acaban de contratar en Hyundai, consiguió un buen puesto y quiere que vayamos a celebrarlo más tarde.
- ¡Qué suerte tienes! ¿y cuánto llevan?
- Salimos desde el bachillerato
- Jooo… y yo que pienso que mi relación es demasiado larga. Prometo no volver a decir nada de nuevo. Eso debe ser amor puro.
En ese mismo instante Hyunjae y Hyunji llegan. Saludan con una pequeña reverencia y se sientan.
- ¿dónde está Ji Hoon? – pregunta Yuri.
- Acaba de mandar un mensaje y dice le surgió algo urgente y que no podrá venir – responde Hyunjae mientras se quita la chaqueta y la deja en su regazo
- ¿ya han ordenado algo?
- Estábamos esperándolos – dice Diana.
De inmediato una chica con apariencia de universitaria viene a tomarles la orden. Después, Hyunji extiende unos planos sobre la mesa.
- Éstos son los planos del sitio – dice – en total son dos pisos. El primero luce como un lugar en el que estás poco tiempo pero el segundo creo que es un poco más atractivo.
- Es verdad – dice Yuri – si paso por aquí y veo el interior por primera vez no es tan llamativo. Si pudiésemos pasar algo del ambiente del segundo piso al primero…
- Es una idea corriente – le interrumpe Hyunjae.
Yuri le hace mala cara.
– tenemos que renovar este lugar.
La chica llega con la orden: cuatro ice americano, un pan dulce y una tarta de chocolate. Diana hace espacio y dejan todo en una esquina. Hyunji se abalanza sobre su torta y comienza a comerla. Deja su cuchara en la boca, abre su bolso y saca un folio con algunas imágenes. Yuri, las toma y comienza a mirarlas una por una.
- Como no es un proyecto normal, consulté un poco sobre las mejores cafeterías del mundo. El café Tortoni en Buenos Aires, Café Florian en Italia, Café de la Paix en París, D’espresso Café en New York, El Brother Baba Budan en Melbourne, El Café des chats y el Hammock Café.
- ¿El café des chats? – le dice Hyunjae a Hyunji quien se siente orgullosa con su trabajo
- Si
- ¿Cómo el café GioCat en Hongdae?
- Exacto
- ¡creativo! – le dice con sarcasmo
- Bueno, bueno – interrumpe Diana antes de que Hyunji tome de nuevo la palabra – tampoco queremos cosas tan exóticas, eso puede reducir la clientela. Tiene que ser algo novedoso y que vaya bien con todo el mundo.
Todos siguen proponiendo. Se acaban sus cafés. Hyunji pide más torta. Se dividen el trabajo. Quién hará la valorización, los contactos, el diseño, la investigación… Salen del sitio y deciden dividir caminos para mirar los interiores de las cafeterías cercanas. Diana elige el lado oeste. Se despide de todos y cruza la calle. Mientras camina nota la cantidad de cafeterías que casi parecen acumularse a lo largo de la calle. Suspira. De inmediato, siente que alguien camina a su lado. Ella voltea. Es Hyunjae.
- No luces muy alentada – le dice Hyunjae. Diana sonríe.
- Es un poco espeluznante ver todas esas cafeterías. ¿vas a coger el mismo camino?
- No, doblaré en la esquina. Creo que empezaré por ahí. Si no te molesta, te acompañaré hasta ahí– dice él un poco tímido.
- No. Voy a pasarme de calle
- ¿eh? – los ojos de Hyunjae se abren sorprendidos.
Diana se ríe.
- Es broma. Caminemos juntos.
Hyunjae sonríe de nuevo y sus ojos rasgados se convierten en una pequeña línea tras sus lentes. Hasta el momento Diana no había notado la pureza de la voz de Hyunjae y la corrección de sus maneras. De hecho, era la primera vez que lo observaba detenidamente porque Hyunjae, el contrario de Woo Jin, no posee un aura capaz de abarcarlo todo sino que es más bien como la pequeña guarida de un oso en invierno.
Caminan a la par sin decirse nada. Diana se siente cómoda después de mucho tiempo. Estar con Hyunjae era como ir a la playa a tomar el sol con una buena cerveza en la mano. Pronto él se detiene. Es una ley de la vida. Los buenos momentos pasan rápido.
- Giro aquí. Espero verte pronto
- Yo también. Que tengas una buena noche
Hyunjae sonríe y se aleja caminando de para atrás para no perderla de vista. Y sigue así hasta que choca contra un poste. Diana se ríe y Hyunjae, apenado, se da vuelta y sigue su camino.
Diana recorre las calles revisando cada cafetería de todo tipo, tamaño y estilo posible. Toma fotos de detalles especiales en cada lugar, anota algunas especificaciones en su libreta y, una que otra vez, hace esbozos rápidos de algún diseño que viene a su mente. Los pies comienzan a dolerle. El tiempo se torna frío. Diana decide regresar a casa. Se detiene en un andén próximo y estira su brazo para tomar un taxi. Pero ningún taxi se detiene. En cambio, un chico en una bicicleta pasa rápidamente y agarra el bolso de su brazo. Diana no reacciona. Cuando toma conciencia de la situación, el chico ya ha avanzado un trecho de la calle. Ella corre detrás de él intentando alcanzarlo y grita “ladrón, ladrón”. Todos los transeúntes se detienen y observan aquella escena tan poco común. Un robo. El ciclista continúa su camino hasta el final de la calle pero justo cuando va a cruzarla a toda prisa, una motocicleta se atraviesa en su camino. El ciclista para en seco. La bicicleta va hacia adelante y el chico sale volando por encima de la moto cayendo de espaldas al otro lado. Intenta ponerse en pie pero el golpe ha sido tan grande que no puede mover su cuerpo. El dueño de la moto, desciende de su vehículo en su traje de cuero negro y agarra la cartera con la correa rota. Diana llega al instante. El casco del motociclista impide verle el rostro pero ella le agradece con una gran reverencia. Luego, se agacha y recoge algunas pertenencias que han rodado por el suelo y las mete de nuevo en la cartera. El motociclista también se agacha y le ayuda.
- ¿está bien? – le pregunta el chico
- Estoy bien. Muchas gracias – le responde - ¿se lastimó?
- No. Estoy bien.
De repente, el fresco aroma de la lluvia aparece de nuevo. Ella lo observa con curiosidad durante un instante pero el sonido de la policía a lo lejos, la saca de su trance. El hombre se levanta y sube de nuevo a su motocicleta. Diana saca de su cartera una tarjeta de presentación un poco sucia por el incidente y se la entrega.
- Disculpe, me gustaría agradecerle su ayuda, si usted desea, me gustaría invitarlo a cenar algún día.
- No tiene por qué
- No, no. Le estoy muy agradecida, casi pierdo mis papeles… por favor, acéptelo.
El motociclista da una ojeada al ladrón que aún no ha recobrado el conocimiento. Y guarda la tarjeta en el bolsillo. Diana le da las gracias nuevamente y el hombre sigue su camino. La policía llega al instante y atrapa al ladrón. Diana respira aliviada. Las palabras de su madre vienen a ella como un flashback: Un ángel siempre llega en el momento adecuado y de la manera más inesperada.
- ¿se encuentra bien? – le pregunta un joven policía a Diana mientras sus compañeros esposan al ladrón
- Estoy bien. Una motocicleta se le atravesó y todo le salió mal
- Estábamos cerca y escuchamos el choque. Pero creo que necesita acompañarnos a la estación.
- Lo siento oficial. Hoy he trabajado muy duro y quiero regresar a casa ahora. Minutos antes de que me robara iba a tomar un taxi rumbo a mi casa. Mis pies me duelen a morir y he tenido que correr con estos zapatos. No me importa lo que le hagan al chico, sólo quiero regresar a casa.
El oficial la mira durante unos instantes y esboza una mueca de lástima.
- Me gustaría dejarla ir, pero necesita colaborarnos por favor.
Diana, resignada, sube a la patrulla de policía y la llevan hasta la estación. Allí, narra su testimonio a otros oficiales de la estación. El ladrón se mantiene sentado junto a ella con el rostro pesaroso. Diana lo observa. Es joven, tal vez esté en bachillerato, su ropa no parece costosa pero tampoco luce como si tuviera problemas de dinero.
- ¡mocoso malcriado! – le grita el policía - ¿cómo puedes robarle a alguien? ¿no tienes vergüenza?
- ¡no es así oficial! ¡yo no pretendía hacer nada con su bolso!
- ¿entonces que pensabas hacer? ¿ponértelo?
- ¡no! Lo que pasa es… lo hice porque unos amigos me lo pidieron
- ¿qué?
- Quería salir con ellos, ya sabes. Me dijeron que si quería estar con ellos tenía que traer el bolso de una mujer.
- ¿qué dices? ¡¿y quieres salir con ese tipo de gente? Tú..
En ese momento, una mujer abre las puertas de la comisaría de un solo golpe. Todos la observan mientras ella barre el lugar con la mirada en busca de alguien. El chico se da cuenta de la situación y resbala un poco su cuerpo en el asiento. La mujer lo distingue y le da un fuerte golpe en la cabeza.
- ¡Tú! ¡mocoso! ¿estabas robando? ¡ya verás que voy a robar tu alma cuando lleguemos a la casa! ¿alguna vez te ha faltado algo? ¿ah? ¿ah?
El oficial estira su brazo y detiene el brazo de la señora que sigue golpeando a su hijo una y otra vez. Ella se vuelve hacia Diana y comienza a disculparse.
- Señora, lo siento mucho. ¿quiere hacer un trato? Él es todavía joven y tiene muchas cosas que aprender. Por favor, comprenda.
- Tranquilícese – le dice ella – ahora estoy muy cansada. Sólo quiero regresar a casa. No voy a llevar esto a juicio ni nada pero… - y vuelve su mirada hacia el chico - ¡ey, tú! Si vuelvo a encontrarte por ahí haciendo alguna cosa ¡no voy a dejarte ir! Y deja de estar con esa bandada de pillos. Puedes hacer algo mejor con tu vida.
La situación se resuelve fácil. El oficial la acompaña hasta la salida y le pide un taxi.
- Que tenga una buena noche. No piense mal. Este tipo de situaciones no es tan común aquí.
- No se preocupe. Todas las cosas suceden por una razón.
Después de un largo día, Diana al fin llega a su casa y su último suplicio es subir las interminables escaleras. Sus pies los siente hinchados y calientes. Y cuando al fin llega a la cúspide, alguien se levanta y se para en frente de ella. Diana lo mira como si fuese un espejismo. Es Miguel que la recibe con una sonrisa.
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